Todo cambia, la moda, la ropa, los criterios, los gobiernos, los peinados. Las enfermedades. Vértigo, flash, fast food, todo apunta a no detenernos, cuando coseguimos el paleativo para alguna enfermedad, surge un nuevo virus, tanto es así que algunas ya se denominan numéricamente, por lo desconocido y novedoso . Parece no ser tan sencillo diagnosticar algunas alteraciones en la salud, a pesar de tantas herramientas técnicas y sofisticadas…
La salud mental también acompaña al postmodernismo con nuevas patologías, difíciles de determinar pero no por eso menos frecuentes en la población:
Ataques de pánico, anorexia, bulimia, fobias, depresiones y hay una que es especialmente compleja para diagnosticar: el T.L.P o trastorno límite de la personalidad.
Los familiares conviven con estos pacientes de una manera tortuosa y muchas veces no llegan al diagnostico para el tratamiento adecuado o desconocen que están enfermos.
Esto que significa, Que los seres humanos cambiaron, o tienen menos capacidad de adaptación?, O es que nacen con alguna anomalía?, la respuesta es No. Lo que sucede es que el medio en el cual nos movemos las personas (incluidos los niños) se ha vuelto insalubre y antinatural.
Estas patologías son consecuencia de una vida antihumana.
El trastorno límite de personalidad (TLP) se caracteriza por los siguientes rasgos:
1) Avidez-rechazo afectivo, 2) Inestabilidad emocional, 3) Ira crónica, 4) Baja autoestima, desmotivación y sentimientos de vacío, 5) Inadaptación social y fracaso.
Secuelas de todo esto pueden ser las ideas paranoides, ánimo litigante, celos compulsivos, violencia doméstica, impulsividad, ansiedades, adicciones, autolesiones, ideas o tentativas de suicidio, anorexia o bulimia, delincuencia, etc. ¿De dónde proviene todo ese incontenible sufrimiento?
La exploración psicodinámica muestra que, en general, la infancia de las personas con TLP ha transcurrido en familias sin amor, o con malos tratos, o rotas, o con trastornos psicológicos severos (alcoholismo, depresión, histeria, psicosis, etc.). Estas situaciones pueden ser evidentes o, por el contrario, muy sutiles y hasta inconscientes para sus implicados, pero siempre igualmente nocivas. El niño/a con TLP es emocionalmente un huérfano que no ha gozado ni, por tanto, incorporado en su primera infancia el amor, confianza y seguridad indispensables para el desarrollo de su carácter y su felicidad. Sin embargo, su orfandad no es simplemente evitativa (narcisista) o depresiva sino, por suceder en un entorno cargado de miedo y odio, particularmente agresiva, furiosa.
El huérfano rabioso odia, en efecto, a su familia y a todo lo que la representa -pareja, autoridad, sociedad, trabajo, incluso a sí mismo- porque fue desamado y maltratado. Pero su ira no anula su soledad, sino que sufre un terrible conflicto entre su insaciable avidez amorosa (llena de dominación, posesividad, celos, envidias, etc.) y su rabia desconfiada contra ese mismo amor. Por eso lo teme, no sabe disfrutarlo ni agradecerlo, se agobia con él y lo sabotea hasta destruirlo... descargando así sus viejos rencores infantiles y recuperando la falsa seguridad de su caparazón narcisista. Éste es el motivo de su inestabilidad emocional y del fracaso de sus relaciones. A veces el dolor del TLP es tan intenso que presenta síntomas casi psicóticos (celos o rabia delirante, envidias patológicas, distorsiones extremas de la realidad, alucinaciones, etc.).
La persona con TLP intenta escapar de su sufrimiento de muchas maneras. Una de ellas es la hiperactividad o la euforia, seguidas generalmente de bajones; se trata del aspecto maniaco-depresivo de este trastorno. Otra forma de alivio es la práctica de gratificaciones rápidas (adicción a drogas u otras actividades, comida (bulimia), sexualidad (enamoramientos, promiscuidad), exhibicionismo social (fama, prestigio), compras, violencia, etc.). Cuando todas estas defensas fallan o no son suficientes, entonces la depresión subyacente gana terreno y puede emerger en forma de abatimiento, autoabandono, ideas suicidas, etc. Y si el huérfano rabioso está demasiado reprimido o bloqueado para desfogar sus emociones, entonces éstas se manifiestan como ansiedades.
Como se siente insoportablemente culpable por odiar consciente o inconscientemente a unos padres de quienes sigue esperando infantilmente su amor, el huérfano rabioso carece de toda autoestima y desplaza su furia contra sí mismo (anorexia, autolesiones, vida irresponsable o peligrosa, intentos de suicidio, etc.), lo que le sirve además de voluntario autocastigo. Por otra parte, el desamor infantil que padece lo ha privado del desarrollo de un yo suficientemente fuerte y autocontenedor, de modo que el huérfano rabioso no logra comprenderse, no sabe quién es ni qué quiere, no distingue lo conveniente de lo inconveniente, no puede controlar sus emociones ni sus impulsos, no sabe cuidar de sí mismo. Se siente vacío, despreciable, caótico, sin derecho alguno a la felicidad. Por eso no logra adaptarse ni estabilizarse en ningún ámbito, ni familiar, ni laboral, ni social. E ignora, como todos los neuróticos, que una parte de sí mismo desea secretamente no cambiar nunca.
La frecuencia del TLP parece haber aumentado mucho últimamente, y seguirá haciéndolo. Las actuales condiciones socioeconómicas lo favorecen. Los huérfanos rabiosos se incuban en las innumerables familias que pelean o se ignoran, en las guarderías, frente a los solitarios televisores, con las "canguros", entre las montañas de juguetes con que los padres sustituyen al amor y sobornan a sus hijos, bajo la tormenta de separaciones y divorcios, en el abandono adolescente entre ordenadores y teléfonos móviles, en las relaciones extremadamente neuróticas de tantos hogares. El sistema social -materialista, competitivo, vacío, violento, sin grandes valores- propicia además un mundo desdichado donde los padres trabajadores -estresados, agotados, enfadados, infelices- no pueden ocuparse adecuadamente de sus hijos (aunque tampoco quieren renunciar al deseo de tenerlos), de modo que los conciben a medias, los aman a medias, los cuidan a medias y comprenden muy poco o nada sus más íntimas y desesperadas necesidades psicoafectivas. Sólo, por ello, un replanteamiento a fondo de nuestros hábitos familiares y sociales, y una comprensión definitiva de su incidencia en la génesis de los trastornos emocionales y de la infelicidad humana, podría frenar este proceso.
¿Cómo se mejora el TLP? Fundamentalmente, con comprensión, amor y paciencia. El psicoterapeuta deberá mostrar al afectado sus traumas originales, ayudarle a descargar el dolor y la rabia acumulados, acompañarle emocionalmente, fortalecer su autoestima, mostrarle formas positivas de canalizar su narcisismo, y enseñarle -con el propio ejemplo de la terapia- a recuperar, al menos en parte, la confianza en los seres humanos y la posibilidad de vincularse sana, cariñosa y felizmente con ellos.
Tarea realizada para la materia Redacción Periodística II
Profesora: Cecilia Pelle
Alumna: Sofía Lewczuk
Carrera: Periodismo
ISTA -2006
(Agradezco la colaboración en este trabajo sobre Salud, a Viviana Castro
que es consejera y trabajadora social para la niñez en riesgo)
Bibliografía: Cano Gil José Luis, Psicoterapeuta y Escritor
La salud mental también acompaña al postmodernismo con nuevas patologías, difíciles de determinar pero no por eso menos frecuentes en la población:
Ataques de pánico, anorexia, bulimia, fobias, depresiones y hay una que es especialmente compleja para diagnosticar: el T.L.P o trastorno límite de la personalidad.
Los familiares conviven con estos pacientes de una manera tortuosa y muchas veces no llegan al diagnostico para el tratamiento adecuado o desconocen que están enfermos.
Esto que significa, Que los seres humanos cambiaron, o tienen menos capacidad de adaptación?, O es que nacen con alguna anomalía?, la respuesta es No. Lo que sucede es que el medio en el cual nos movemos las personas (incluidos los niños) se ha vuelto insalubre y antinatural.
Estas patologías son consecuencia de una vida antihumana.
El trastorno límite de personalidad (TLP) se caracteriza por los siguientes rasgos:
1) Avidez-rechazo afectivo, 2) Inestabilidad emocional, 3) Ira crónica, 4) Baja autoestima, desmotivación y sentimientos de vacío, 5) Inadaptación social y fracaso.
Secuelas de todo esto pueden ser las ideas paranoides, ánimo litigante, celos compulsivos, violencia doméstica, impulsividad, ansiedades, adicciones, autolesiones, ideas o tentativas de suicidio, anorexia o bulimia, delincuencia, etc. ¿De dónde proviene todo ese incontenible sufrimiento?
La exploración psicodinámica muestra que, en general, la infancia de las personas con TLP ha transcurrido en familias sin amor, o con malos tratos, o rotas, o con trastornos psicológicos severos (alcoholismo, depresión, histeria, psicosis, etc.). Estas situaciones pueden ser evidentes o, por el contrario, muy sutiles y hasta inconscientes para sus implicados, pero siempre igualmente nocivas. El niño/a con TLP es emocionalmente un huérfano que no ha gozado ni, por tanto, incorporado en su primera infancia el amor, confianza y seguridad indispensables para el desarrollo de su carácter y su felicidad. Sin embargo, su orfandad no es simplemente evitativa (narcisista) o depresiva sino, por suceder en un entorno cargado de miedo y odio, particularmente agresiva, furiosa.
El huérfano rabioso odia, en efecto, a su familia y a todo lo que la representa -pareja, autoridad, sociedad, trabajo, incluso a sí mismo- porque fue desamado y maltratado. Pero su ira no anula su soledad, sino que sufre un terrible conflicto entre su insaciable avidez amorosa (llena de dominación, posesividad, celos, envidias, etc.) y su rabia desconfiada contra ese mismo amor. Por eso lo teme, no sabe disfrutarlo ni agradecerlo, se agobia con él y lo sabotea hasta destruirlo... descargando así sus viejos rencores infantiles y recuperando la falsa seguridad de su caparazón narcisista. Éste es el motivo de su inestabilidad emocional y del fracaso de sus relaciones. A veces el dolor del TLP es tan intenso que presenta síntomas casi psicóticos (celos o rabia delirante, envidias patológicas, distorsiones extremas de la realidad, alucinaciones, etc.).
La persona con TLP intenta escapar de su sufrimiento de muchas maneras. Una de ellas es la hiperactividad o la euforia, seguidas generalmente de bajones; se trata del aspecto maniaco-depresivo de este trastorno. Otra forma de alivio es la práctica de gratificaciones rápidas (adicción a drogas u otras actividades, comida (bulimia), sexualidad (enamoramientos, promiscuidad), exhibicionismo social (fama, prestigio), compras, violencia, etc.). Cuando todas estas defensas fallan o no son suficientes, entonces la depresión subyacente gana terreno y puede emerger en forma de abatimiento, autoabandono, ideas suicidas, etc. Y si el huérfano rabioso está demasiado reprimido o bloqueado para desfogar sus emociones, entonces éstas se manifiestan como ansiedades.
Como se siente insoportablemente culpable por odiar consciente o inconscientemente a unos padres de quienes sigue esperando infantilmente su amor, el huérfano rabioso carece de toda autoestima y desplaza su furia contra sí mismo (anorexia, autolesiones, vida irresponsable o peligrosa, intentos de suicidio, etc.), lo que le sirve además de voluntario autocastigo. Por otra parte, el desamor infantil que padece lo ha privado del desarrollo de un yo suficientemente fuerte y autocontenedor, de modo que el huérfano rabioso no logra comprenderse, no sabe quién es ni qué quiere, no distingue lo conveniente de lo inconveniente, no puede controlar sus emociones ni sus impulsos, no sabe cuidar de sí mismo. Se siente vacío, despreciable, caótico, sin derecho alguno a la felicidad. Por eso no logra adaptarse ni estabilizarse en ningún ámbito, ni familiar, ni laboral, ni social. E ignora, como todos los neuróticos, que una parte de sí mismo desea secretamente no cambiar nunca.
La frecuencia del TLP parece haber aumentado mucho últimamente, y seguirá haciéndolo. Las actuales condiciones socioeconómicas lo favorecen. Los huérfanos rabiosos se incuban en las innumerables familias que pelean o se ignoran, en las guarderías, frente a los solitarios televisores, con las "canguros", entre las montañas de juguetes con que los padres sustituyen al amor y sobornan a sus hijos, bajo la tormenta de separaciones y divorcios, en el abandono adolescente entre ordenadores y teléfonos móviles, en las relaciones extremadamente neuróticas de tantos hogares. El sistema social -materialista, competitivo, vacío, violento, sin grandes valores- propicia además un mundo desdichado donde los padres trabajadores -estresados, agotados, enfadados, infelices- no pueden ocuparse adecuadamente de sus hijos (aunque tampoco quieren renunciar al deseo de tenerlos), de modo que los conciben a medias, los aman a medias, los cuidan a medias y comprenden muy poco o nada sus más íntimas y desesperadas necesidades psicoafectivas. Sólo, por ello, un replanteamiento a fondo de nuestros hábitos familiares y sociales, y una comprensión definitiva de su incidencia en la génesis de los trastornos emocionales y de la infelicidad humana, podría frenar este proceso.
¿Cómo se mejora el TLP? Fundamentalmente, con comprensión, amor y paciencia. El psicoterapeuta deberá mostrar al afectado sus traumas originales, ayudarle a descargar el dolor y la rabia acumulados, acompañarle emocionalmente, fortalecer su autoestima, mostrarle formas positivas de canalizar su narcisismo, y enseñarle -con el propio ejemplo de la terapia- a recuperar, al menos en parte, la confianza en los seres humanos y la posibilidad de vincularse sana, cariñosa y felizmente con ellos.
Tarea realizada para la materia Redacción Periodística II
Profesora: Cecilia Pelle
Alumna: Sofía Lewczuk
Carrera: Periodismo
ISTA -2006
(Agradezco la colaboración en este trabajo sobre Salud, a Viviana Castro
que es consejera y trabajadora social para la niñez en riesgo)
Bibliografía: Cano Gil José Luis, Psicoterapeuta y Escritor
